De lo real a lo imaginado

Historias cotidianas con las aventuras de la mente.

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Ni te das cuenta

Pasas de un día para otro de ser una persona, a ser un señor mayor…

Se acercan los 50 años y no te das cuenta, tú te ves igual. Pero cuando los cumples la sociedad ya no te ve así.
Te ve como una persona mayor que ya no tiene acceso, por ejemplo, al mercado laboral. Prefieren escoger a candidatos jóvenes, sin experiencia alguna a tener a alguien que sabe lo que hace. Bueno, seamos realistas; y porque una persona joven igual acepta un salario mínimo y, condiciones, que otra no aceptaría.

Dejando de la lado lo laboral (que a lo mejor con algo más de 50 años lo que haces es ir tachando del calendario el tiempo que te queda para poder «disfrutar» de esa jubilación tan ansiada…).

De repente te empieza a doler algo más.
Vas a dar un salto y te cuesta levantar esa patita que antes era de goma y ahora es un hierro rígido. Tu cabeza te dice; ¡salta!, pero tu cuerpo te responde; ¡»ande» vas, chalao!

Las reuniones con las amistades se resumen en las veces que has tenido que ir al médico, qué te duele ahora, la medicación…

Igual estoy exagerando un poco. Pero casi, casi.
Lo bueno es que ves las cosas de otra manera, más sosegado. Piensas más lo que vas a decir (aunque muchas veces no es mi caso y la cago). Ves las realidad de otra manera.

Bueno, antes he escrito «se acercan los 50 años y no te das cuenta». Pero es que igual ya los he pasado. No mucho, pero pasados.

Hay un antes y un después de esa edad.

Lo mejor de todo es que ahora las personas de esa edad no lo aparentan (o por lo menos la mayoría). Ha cambiado la forma de vestir, de peinarse (a los que les quede pelo en la cabeza) y de vivir.
Hasta no hace muchos años una persona con 50 años aparentaba veinte años más.

Bueno, voy al calendario a tachar otro día. Ya va quedando menos para disfrutar de la jubilación…

Algo pasa…

Cuando en las empresas se mide el rendimiento de los trabajadores según las horas extras que hacen… Algo pasa.

Si se coge como norma el tener que hacer horas extras, y de esa manera saber si ese trabajador rinde o no, algo va mal. Es la «cultura del presencialismo» que se aplicaba hace más de treinta años.

1. Cultura de “presencialismo”

  • Se confunde estar más tiempo en el trabajo con ser más productivo.
  • En muchas culturas laborales, se valora más el sacrificio visible que los resultados reales.

2. Falta de indicadores objetivos

  • Medir la productividad real (calidad, eficiencia, impacto del trabajo).
  • Como las horas extras son un dato fácil de contar, se usan como  compromiso del rendimiento.

3. Enfoque en esfuerzo en lugar de resultados

  • Se premia a quien “se mata a trabajar” aunque no necesariamente entregue mejores resultados.
  • Se genera la percepción de que trabajar más horas significa ser más responsable o leal a la empresa.

4. Problema de gestión

  • Si los jefes no saben organizar o planificar bien, la empresa se acostumbra a salir adelante gracias a las horas extras.
  • En ese contexto, se acaba valorando más al que “salva los muebles” quedándose más tiempo.

5. Riesgo cultural

  • Este modelo puede fomentar la competencia tóxica (“quién se queda más tiempo”).
  • A la larga desmotiva al personal eficiente: si haces tu trabajo bien y en menos tiempo, puedes parecer “menos productivo” que alguien que necesita quedarse 2 horas más.
  • Termina penalizando la eficiencia y premiando la ineficiencia.

 

Y seguramente todo lo anterior esté derivado por:

  1. Mala planificación

    • Se están estimando mal los tiempos de ejecución de los proyectos o las cargas de trabajo.

    • Los plazos que se fijan no son realistas.

  2. Falta de personal

    • La plantilla es insuficiente para la cantidad de trabajo que entra.

    • Se depende demasiado de la “buena voluntad” de los empleados para cubrir huecos.

  3. Procesos poco eficientes

    • Tareas duplicadas, burocracia excesiva o herramientas inadecuadas que hacen perder tiempo.

    • No se aprovechan automatizaciones o mejoras tecnológicas que podrían reducir carga.

  4. Problemas de organización interna

    • Falta de comunicación entre equipos.

    • Priorización incorrecta de tareas.

  5. Cultura empresarial poco saludable

    • Se normaliza que trabajar más horas es la única forma de cumplir.

    • Puede ser síntoma de presión constante, lo que acaba afectando a la motivación y la salud de los trabajadores.

  6. Costes ocultos

    • Más horas extras implican mayores costes laborales.

    • A largo plazo, el exceso de horas puede causar desgaste, aumento del absentismo y mayor rotación de personal.

Y, todavía, existen este tipo de empresas.
Supongo que, como los números salen, no se mira más allá.

Hay que improvisar más…

Siempre he sido de esos que piensan demasiado antes de actuar. Analizo cada detalle, cada posible consecuencia, como si pudiese controlar el futuro solo con darle vueltas en mi cabeza. Ayer no fue la excepción.

Tenía una entrevista de trabajo importante.
La noche anterior repasé una y otra vez posibles preguntas, respuestas perfectas, gestos adecuados. Incluso ensayé la sonrisa frente al espejo, buscando el equilibrio entre seguridad y simpatía. Dormí poco, dándole vueltas a si debía llevar corbata o si eso parecería demasiado formal.

Llegó el momento. Caminé hasta la oficina repitiendo mentalmente mis argumentos.
Al entrar, un sudor frío me recorrió la espalda.
Me senté con la postura ensayada, pero las palabras no salieron como esperaba. Tropiezos al hablar, ideas desordenadas y, para colmo, respondí «sí» a una pregunta que no entendí por completo.

Salí de allí sintiendo que todo había salido mal.
¿Cómo era posible? Había preparado cada detalle, pero justo eso me bloqueó.
A veces, pienso que tanto pensar me impide actuar con naturalidad.
Quizá, la próxima vez, debería simplemente respirar hondo y dejar que las cosas fluyan. Aunque, claro, eso también debería pensarlo bien antes de intentarlo.

Lo mismo de siempre

Te levantas.
Te aseas. Te vistes. Desayunas.

Sales a la calle.
La misma hora. La misma gente. El mismo tráfico. El mismo atasco.

Llegas.
Los mismos compañeros. El mismo inaguantable. La misma rutina.
Las horas no pasan.

Sales.
Sonríes. Otro día más. ¡Superado!

Esperando a mi amigo, el sábado.

Vuelta a la rutina.

¡Se acabó!

Fin de las «vacaciones» del 2024.
Mañana toca ir a trabajar.
Desde que me fui, no he tomado buenas decisiones laborales; no cumplen lo que prometen y jefes que se desentienden (te dicen una cosa y hacen otra o simplemente no hacen nada…).

Eso sí, trabajo nunca me ha faltado.
Pero uno va cayendo en, no en desidia (no sería profesional ni ético), pero sí en falta de motivación laboral cuando las expectativas creadas por promesas que nunca se cumplen se desvanecen. En las primeras etapas de un empleo se nos venden ideales de crecimiento profesional, estabilidad, o un ambiente de trabajo positivo, pero, con el tiempo, esas promesas se demuestran vacías, y es cuando la desilusión se instala. La falta de cumplimiento de esos compromisos genera una sensación de frustración y desconfianza, erosionando poco a poco la motivación. El entusiasmo inicial se convierte en resignación, pues las metas que se nos ofrecieron como alcanzables parecen cada vez más inalcanzables. Esto no solo afecta el rendimiento, sino también a la percepción personal de valía dentro de la empresa. Cuando el entorno laboral está marcado por falsas promesas, el sentido de propósito y el deseo de avanzar se desvanecen, dejando espacio para la desmotivación y la desconexión.

Mañana toca ir a trabajar.


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